16 de mayo de 2016

CONSIDERACIONES PSICOANALÍTICAS EN TORNO A LA LEGALIZACIÓN DE LAS DROGAS EN COLOMBIA.


Por, Daniel Flórez Muñoz via @derechopublico1

Una de las principales diferencias entre la psicología y el psicoanálisis es precisamente la idea que permite a la primera la asociación entre lo que es la realidad con aquello que es lo empíricamente dado, es decir para la psicología la realidad es la positividad misma. El psicoanálisis por su parte supone otro tipo de entendimiento de lo que la realidad es, para éste la realidad se articula a partir de la idea de “Fantasma”. Esta categoría permite una redefinición radical de la forma en la que se pueden entender los problemas sociales e individuales. Un problemática evidente como el ¿Por qué legalizar o no el uso de drogas? Desde la perspectiva analítica abierta por el fantasma debería ser redefinido, dando lugar a una pregunta donde, por ejemplo, se tenga en consideración que cuando hablamos de Drogas, realmente nos referimos a un tipo específico de subjetividad la cual a partir de la prohibición de la Drogas queremos negar sin negar. La pregunta que debería por lo menos abrir un primer debate es ¿Por qué supeditar un tipo de subjetividad (drogadicto) a un proceso de rotulación y etiquetamiento? ¿Qué es lo que la sociedad encuentra en la sola existencia del denominado drogadicto (toxicómano) que considera agresivo o violatoria a su estructura de valores? Y quizá la más importante, ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad de un sentimiento de agresión de esa naturaleza? En mi concepto, lo que funda el temor (odio/envidia) que lleva a un determinado grupo social a incluir y someter a otros partir de la reinscripción de la ley sobre determinados cuerpos, es la consciencia de un goce al cual el otro tiene acceso por fuera de las coordenadas del Goce Fálico. Estamos ante un tipo de goce, que al evadir las mediaciones sociales genera la ilusión de una satisfacción absoluta lo cual en últimas representa la muerte misma. Es este hecho el que posibilita una mirada social cargada envidia y ansiedad, la cual es traducida al interior de una sociedad como la colombiana que se encuentra privada de cánones simbólicos que permiten el pleno desarrollo de la dimensión pacificadora del significante, en procesos de incorporación heterotópica y mecanismos disciplinarios orientados por el afán de homogeneizar a aquel que se ha permitido salirse de los canales socialmente establecidos para gozar. No es de extrañar el carácter de “Anónimos” de buena parte de los grupos de autoayuda, así como el permanente énfasis en la denominada instancia de “recaída” la cual es proyectada como una segunda muerte para el que se encuentra en proceso de desintoxicación. En relación a esto, nos comenta el profesor Mario Durán, como en el momento en el que el denominado adicto se asoma a ese goce que no es sexual, que está en el límite del saber sobre la imposibilidad de la completud simbólica. Esto plantea para el psicoanálisis una perspectiva singular y es que se cuenta con aquello que nos dejó Freud que se llama la pulsión (trieb), con esa palabrita tan usada del significante y aquel lugar que nos contó Lacan parecido al del basurero. Al fin y al cabo los adjetivados "adictos" demandan amor como buscan droga, la confunden con el goce y no soportan la demanda dirigida al Otro. Eso es lo que se puede experimentar bajo los efectos de la transferencia, valiéndose de la función del analista como causa del deseo y del lazo que puede desarrollarse. Abrir la posibilidad de que el sujeto se deje de llenar de significantes y acceda a un saber como medio de goce, para poder entonces esperar que surja una demanda analítica.

Me parece fundamental resaltar una serie de elementos para tener en cuenta a la hora de realizar un debate de esta naturaleza, y es precisamente el hecho de que toda batalla por la definición de los marcos de la prohibición debe partir necesariamente de la realidad psíquica de aquellos sobre quienes recae la prohibición, es la realidad psíquica (realität) o lo que Freud denominaría Edipo, lo que remite a un determinado cuerpo de goce el cual define a partir de la inscripción del matema de la sexuación los principios referentes a la construcción del lazo social y por tanto a determinadas formas de acceder al goce. Es precisamente es cuerpo de goce el que soporta el “plus de goce” el cual se relaciona directamente con el fantasma. Vemos por lo tanto, cómo se origina una concatenación que va desde Edipo hasta el Fantasma que posibilita una determinada proclividad a ciertas demandas socialmente censuradas como formas casi que ineludibles de experimentar el goce. Es curioso, que el origen de nuestra realidad psíquica se encuentre precisamente es una prohibición (incesto), la cual es trasmitida y adoptada de forma lingüista bajo la estructura del mandato fundante del orden social. Este hecho, debe generar por lo menos dos consideraciones relevantes, la primera es que nuestra realidad psíquica se configura culturalmente a partir del ingreso del significante en nuestras vidas, y la segunda -que se desprende de la primera- es que no existe en lo absoluto nada de “natural” en el ser humano, todo queda condicionado a determinadas relaciones e inclusiones que dan sentido a nuestra realidad psíquica. El psicoanálisis es un anti-esencialismo radical, no parte de ningún contenido sustancial u ontología de lo humano, a lo máximo a lo que aspira es a dilucidar la estructura que subyace a los procesos de construcción de identidades y las condiciones de posibilidad del vínculo social. Finalmente, el problema de la Droga tampoco es extraño al estudio psicoanalítico, recordemos –tal como lo hace Fleischer– que ya el mismo Foucault cita las drogas como un ejemplo de desexualización del placer. Esta referencia aparecerá tanto más llamativa si se recuerda que Freud inventó el psicoanálisis precisamente sobre la base de una constatación del fracaso de la droga, concretamente la cocaína, panacea universal en la cual él había puesto muchas esperanzas. Este fracaso lo lleva a inventar otra tipo de medicina, superando el modelos de la mirada instaurado por Charcot, y que permite a Freud situar al médico de un modo cualitativamente distinto al de un sapiente, y por supuesto es el final del enfermo como simple portador de síntomas que no tendrían nada que ver con su decir y su historia. Este fracaso llevó a Freud hasta la invención de un método, lo que implicaba un cambio de discurso, ahora discurso analítico. El análisis, todo análisis, podría bien no tener lugar, en efecto, más que sobre la base de una forclusión de la droga.