25 de septiembre de 2015

LA MENTIRA QUE HAY DETRÁS DE LA "OBRA PÚBLICA"




Por , Alberto Díaz Falcao vía @derechopublico1.



Es común medir el éxito o la bondad de una gestión de gobierno en función a la cantidad de obra pública que un gobernante ejecutó en su gestión. Es un error y un engaño que se ha instalado en la mayor parte de la opinión pública.
A efectos de esta crítica dejaré de lado la corrupción que permite, generar y tolera esa falsa creencia al permitir la perversidad de que los gobiernos cometen toda clase de abusos de sobrefacturación, gastos con sobreprecios, de fondos de la obra pública, el sobredimensionamiento del Estado con presupuestos deficitarios que deterioran toda la economía.
También dejaré de lado la crítica de la obra pública evidentemente estúpida e inútil (que las hay muchas) ya que solo un idiota puede pensar que es posible crear riqueza y mejorar la calidad de vida “abriendo y tapando hoyos” en la tierra al divino botón a pesar de que esta idea está presente en la mente de muchos políticos.
En esta crítica quiero referirme a esta falacia desde el punto de vista económico basado en teorías económicas que demuestran que la obra pública no es sinónimo de generación de riqueza ni de empleo productivo y tampoco es beneficiosa per sé.
A ojos ciegos de una gran parte de la comunidad, los burócratas del gobierno venden la idea de que la obra pública aumenta la riqueza de los ciudadanos y su mayor beneficio es que genera empleo que de otra forma no se hubiese generado.
Esa idea es falsa. Los economistas L. von Mises, Frédéric Bastiat y  Henry Hazlitt han desarrollado suficientemente el tema como para enterrar esa falsa creencia.
Dijo L.von Mises:

"Cuanto más gasta el gobierno, menos puede gastar el ciudadano. Las obras públicas no se construyen con el poder milagroso de una varita mágica. Son pagados con los fondos arrebatados a los ciudadanos".

Dijo Frédéric Bastiat:
"Cuando un funcionario público gasta cinco pesos más, es porque un contribuyente gasta en provecho propio cinco pesos menos. El gasto del funcionario se ve, porque se verifica; pero el del contribuyente no se ve, porque, ¡ay!, le impidieron realizarlo".
Dijo Henry Hazlitt:
“El arte de la economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores”… “Nueve décimas partes de los sofismas económicos que están causando tan terrible daño en el mundo actual son el resultado de ignorar esta lección. Derivan siempre de uno de estos dos errores fundamentales o de ambos: el contemplar sólo las consecuencias inmediatas de una medida o programa y el considerar únicamente sus efectos sobre un determinado sector, con olvido de los restantes”.
La principal idea que se puede concluir de estos razonamientos, es que la obra pública no genera riqueza que de otro modo no se hubiera generado ya que el dinero que el gobierno gasta en una obra procede inexcusablemente del dinero obtenido a través de los impuestos, y en consecuencia, el dinero procedente de impuestos que se destina a obras públicas provoca el impedimento de que tal dinero del contribuyente sea empleado en las cosas que realmente necesitan.

Cuando un político quiere hacer como que genera empleo, rápidamente recurre a construir nuevos puentes, nuevas carreteras y cualquier otra obra, poco importa que la obra pública deba financiarse o con más impuestos (lo que implica menos renta disponible para el sector privado) o con más deuda pública (lo que supone futuros impuestos y tipos de interés más elevados y, por consiguiente, menos inversión) y, por tanto, con menor producción privada ya que lo que se ve tiende a pesar mucho más que lo que no se ve porque se lo ha impedido. El empleo temporal que se genera en cualquier obra pública ha impedido al ciudadano contribuyente de consumir otros bienes impidiendo a la vez la generación de empleo necesario para producirlo.
Toda obra de infraestructura de carácter gubernamental, sólo se justifica si tiene rentabilidad para el conjunto de la sociedad, es decir, si los beneficios sociales son mayores a los costos sociales del proyecto. Si no es así, los gobiernos únicamente están creando “elefantes blancos”, obras públicas inútiles (los pocos proyectos útiles son una minoría) y antieconómicas para la sociedad en su conjunto.
En todo caso, si la obra pública genera externalidades positivas, esta no debe ser defendida por el empleo que “crea”, sino por la conveniencia económica considerando el empleo que se ha generado y el que se ha impedido, considerando además la ventaja o desventaja económica para el conjunto de la sociedad.
Es común que en muchos proyectos de obra pública no se tome en cuenta el mejor uso alternativo de los recursos destinados a dichos proyectos. Y lo peor, es que muchos ciudadanos creen que es un rol fundamental del gobierno para “crear esa riqueza” cuando en realidad, la creación de riqueza pasa por la satisfacción de necesidades de los ciudadanos, no por la mera obra pública.  Sólo el análisis que mire al conjunto de la economía y al largo plazo merece propiamente el adjetivo de económico.
No solo es poco probable sino que es imposible determinar si los proyectos de los burócratas gubernamentales proporcionan la misma suma de riqueza y el mismo bienestar por cada peso gastado que los que proporcionaron los propios contribuyentes si, en lugar de verse constreñidos a entregar parte de sus ingresos al Estado, los invirtieron en bienes con arreglo a sus deseos y preferencias individuales.
Las obras públicas, lo que realmente hacen es impedir que los contribuyentes destinen su dinero a cosas que realmente desean y que habrían generado empleo enriquecedor y productivo ya que en este caso, se emprende porque se quiere y no porque necesariamente se debe según la voluntad y opinión del gobernante.


Si nos atrevemos a ver más allá, de a quiénes estas obras benefician directamente y demás efectos inmediatos y considerar quiénes se ven afectados por ellas y demás efectos secundarios, nos daríamos cuenta que en la mayoría delos casos los costos económicos  de  las obras tienden a superar sus beneficios.
Estos costos se representan y deben ser medidos por el empleo y la riqueza que dejan de generarse a raíz de estas obras ya que tienen que financiarse con tributos, cada peso que necesitan para su financiamiento es un peso que dejaremos los contribuyentes de gastar e invertir en lo que necesitamos y queremos. Cada Peso que no gastamos o invertimos, hay un servicio que no se presta o un bien que no se produce.
Lamentablemente abundan los gobernantes ignorantes que creen y hacen creer que haciendo obra pública de manera constante mejora la economía y se crea empleos sin que se advierta esta falacia peligrosa. Esa falsa creencia permite que una gran parte de la ciudadanía le da luz verde y apruebe la gestión de pésimos gobernantes por el solo hecho de haber realizado una gran cantidad de obra pública.
Es indignante ver que con ese equivocado argumento de la obra pública se llega a aprobar gestiones gubernamentales bochornosas y lamentables tanto a nivel nacional, provincial y sobre todo municipal, a menudo, se hace con el triste justificativo del “ROBAN PERO HACEN".