23 de septiembre de 2011

LA PÉRDIDA DE LOS DEBERES MORALES EN EL DERECHO.




Registrando a través de libros y libros en los anaqueles de mi recinto, me ha dado curiosidad atisbar que código tenía o no tenia; me topaba con los mismos de siempre, pues con los más usuales, los que siempre nosotros conocemos y manejamos; Constitución política, Código penal, Código de infancia y adolescencia, Código civil, etc… pero en medio de esos tantos códigos distinguí uno, que creí y creo que es de muy poca usanza, por parte de los operadores jurídicos y abogados en general y a pesar que fue elaborado para nosotros mismos (me incluyo), no lo cumplimos al pie letra como debe ser, así como muchas cosas más.

Algunos pensaran o pensarían que estoy equivocado porque este código o estatuto como se llame si es utilizado de manera continua por los operadores jurídicos competentes para investigar y juzgar disciplinariamente a los funcionarios judiciales y abogados, no me abnego a tal acontecimiento, de hecho el régimen disciplinario del abogado (Ley 1123 de 2007), imbricado en el llamado ESTATUTO o CÓDIGO DE LOS ABOGADOS, (Decreto 196 de 1971) está arraigado desde hace varios años a sancionar ya sea remisible o irremisiblemente a los advocatus.

Al Consejo Superior de la Judicatura (ya sea el Consejo Seccional o la Sala Disciplinaria) llegan cientos de casos precisamente para conocer de procesos por “mala conducta” (ya sea por falta de decoro profesional, falta contra la dignidad de la profesión o falta de lealtad contra el cliente etc…) Se puede deber a causa de una acción u omisión que haya cometido este, que lo haya cometido con dolo o culpa o que se debe a una falta leve o gravísima; ora esto no es lo que quiero recalcar de este sucinto escrito.

El punto neurálgico no es discutir si es sancionable o no con respecto al régimen disciplinario, si ejerció ilegalmente la profesión o no, que haya incompatibilidades en el ejercicio de la abogacía o no, tampoco es demeritar estas funciones cabales que cumplen los epígrafes en el estatuto ni muchos menos.

Lo que quiero enmarcar es el punto de vista ético, moral, que creo que es el que se ha perdido entre nosotros, los indecorosos deberes mal cumplidos que están incurriendo nuestros cofrades en la rama judicial, pero que por respeto a nosotros mismos no mencionaré, quiero soslayar dicho acontecimiento recordando que en este estatuto como cualquier otros códigos contiene un amalgama deontológico, precisamente de normas morales que deben respetar los jueces y abogados, a la hora de impartir justicia concierne al primero, o la hora de representar a un cliente o respetar un colega con respecto al segundo. Así mismo como reza el artículo 16 de la Ley 1123 de 2007, la aplicación de principios e integración normativa donde expresa que prevalecerán los principios constitucionales y la ley, como así también los DD.HH y la deontología de los abogados…

Es así como me refiero que en los primeros títulos del estatuto donde mencionan precisamente el halo de responsabilidad que deben de tener estos en el ejercicio de la profesión, que por general no lo hacen, si bien como expresa el artículo 1 del Decreto 196 de 1971: donde reitera que la abogacía tiene como función social el de colaborar con la conservación y perfeccionamiento del orden público del país en una recta administración pública. El artículo 2 del mismo decreto nos señala que es misión del abogado que no es otro que el defender la justicia, los derechos de la sociedad y de los particulares, otra misión será asesorar patrocinar y asistir a las personas en el desenvolvimiento de las relaciones jurídicas.

Bien así como asevera PIERO CALAMANDREI, el abogado aparece en la historia traído por la idea de la igualdad que se necesita para restablecer el equilibrio en fervor de las personas a quienes ciertos sucesos coloca en posición de desventaja.

Si bien es cierto que nosotros estamos llamados a cumplir los veinte y uno (21) deberes de los abogados consagrados en la Ley 1123 de 2007 ¿Por qué no lo hacemos? O es que ¿nos quedo grande la profesión? ¿Si pero no? O ¿es que estamos destinado a incumplir los deberes morales desde naturaleza? ¿Son meros cantos de sirena o mero papel? Es tanto que creo que no cumplimos ni siquiera con los decálogos deontológicos del abogado elaborados por los ilustres juristas ÁNGEL OSSORIO y EDUARDO COUTURE, donde este primero afirma en el punto número siete (7): “Pon la moral por encima de las leyes” y donde el segundo autor expresa en el segundo punto (2) del decálogo: “que debes ser leal con tu cliente” y en el punto ocho (8) expresa: “tener fe en el derecho como mejor arma para la injusticia”.

Qué tal si mencionamos algunos de los deberes que debemos cumplir o que “cumpliremos de ahora en adelante”, reza el artículo 28 son deberes del abogado: numeral uno (1), Observar la Constitución política y la ley (“Se supone que todos los hacemos, especialmente los magistrados de la Corte suprema de justicia”) Numeral dos (2) defender y promocionar los DD.HH los derechos civiles y políticos y los DESC, la que más me causó revuelco fue el número cuatro (4) que expresa que es deber de los abogados “actualizar los conocimientos inherentes al ejercicio de la profesión” (Es sabido que si todos nos introducimos en esta ciencia es para leer, actualizarnos y vivir toda una vida estudiando así suene como un pleonasmo, es algo que lo “realizan muchos”). Con sinceridad esta fue el numeral que más me ha impactado para ser sincero, no sabía que me fuera a encontrar con un deber tan imprescindible en la vida de los jurisconsultos que este. No quiero que suene como un escarnio o como una burla con sentido de humillación ¿pero en verdad lo estamos desarrollando este deber?

En fin, nos encontramos con otros deberes para no ser tan tautológico o repetitivo, sin eufemismo “canson”, que son: conservar y defender la dignidad y el decoro, observar y exigir mesura, respeto para con los demás, obrar con lealtad y ser honrado, guardar el secreto profesional, mantener la independencia profesional, prevenir litigios innecesarios, abstenerse de incurrir en actuaciones temerarias, informar con veracidad a los clientes, no crear falsas expectativas… mejor dicho es un sinfín de deberes morales que se encuentran en el estatuto que no sabemos que se encuentran allí, y si sabemos es cómo no saberlo porque como no lo aplicamos todo daría igual que no saberlo.

Hacemos llamarnos abogados sin serlos o como aquellos cristianos que se han llamar “seguidores de Dios”, sin ni siquiera cumplir tan solo los diez (10) mandamientos, creo que si no cumplimos ni con el decálogo de los abogados y ni con los diez mandamiento de la Ley de Dios, muchos menos vamos a cumplir veinte y uno (21) deberes morales; el que diga o que exprese que si cumple con los diez (10) mandamientos de la Ley de Dios, lo felicito de antemano, le digo que es digno de admirar, le manifestaría además que no es un mentiroso, sino un gran profeta y además de esto le diría que se alistara en algún colegio de abogados para ver si es posible de cumplir con los veinte y uno deberes de los abogados (21), si ya cumple con diez, ¿por qué no podría cumplir con la dupla y uno más de “ñapa”?

Por último hago un llamado a los abogados, apoderados, funcionarios, operadores jurídicos y estudiantes de derecho que ya están finalizando sus estudios, aquellos noveles o neófitos estudiantes que se adentran a esta “ciencia” humanística y sinónimos de este, que hagan tan siquiera un mínimo esfuerzo y deje atrás esa abulia, desidia, displicencia, desinterés o como lo quieran llamar y cumplan al menos con algunos de los deberes expresados en el estatuto del abogado. No estoy pidiendo que se sea como el profeta anteriormente mencionado, ni que se convierte en unos apegados autómatas de los deberes deontológicos, sino que intenten, traten de hacerlo, porque como dice un adagio famoso: “querer es poder” y si podemos no nos convertiremos en esos abogados destinados a sucumbir en el halo de la penumbra y de la inmoralidad que es lo que nos rodea hoy en dia.